Artista: Motörhead
Álbum: Kiss Of Death
Calificación: Cuatro sillas
Todo metalero/hardrockero ama a Lemmy. Eso es una verdad establecida, casi diría que un dogma. Y en realidad, si lo pensamos un poco…¡deberíamos odiarlo! El tipo es con seguridad una de las personas más desagradables a la vista que existen en el mundo musical, y sin embargo, consigue más minas que cualquier galancito de Hollywood. Ha tomado todas las botellas de dudoso líquido que se le han puesto delante, se ha inyectado, esnifado y tragado todas las sustancias imaginables y, así y todo, ya ha pasado los 60 y sigue manejando por el carril de alta velocidad de la vida. A una edad (19 años) en la que nosotros asomábamos tímidamente la nariz a una gris vida laboral y/o universitaria, cual cachorros asustados, él era ¡¡plomo de Hendrix!! Y, sin embargo, en vez de dedicarle una verde y purulenta envidia, caemos de rodillas ante el tipo, llenos de religiosa adoración. ¿Saben por qué? Porque nos damos cuenta de que él está por encima de nosotros, simples mortales. De que es el equivalente moderno, reventado y rockero de aquellos antiguos héroes griegos, y de que ninguno de nosotros, por más que lo intente toda la vida, podrá llegarle aunque sea a la uña del dedo chiquito del pie. Lemmy no es uno de los representantes más acabados de lo que significa el rock, Lemmy ES el rock. Y cualquier otra persona que pretenda alcanzar semejante status de estampita se merece simplemente ser destruido por un divino rayo lanzado desde su bajo Rickenbacker.
Y, para agregar otro salmo a nuestro sagrado libro, llega el nuevo álbum de Motörhead, Kiss Of Death. Siendo liderada por un semidiós, la banda hace rato que se dio cuenta de que puede darse el lujo de no arriesgar ni una pizca y, aun así, pasarle el trapo con amplia (y créanme…muy amplia) comodidad a varios grupos más jóvenes. Para ponerlo clarito y directo: ¿Buscan algo nuevo? I'm sorry, pero no lo van a encontrar ¿Buscan algo poderoso, excitante, crudo y ultra enérgico? Entonces…bienvenidos al auténtico desmadre, la puerta está más que abierta. Pasen tranquilos, límpiense los pies en el felpudo, pero estén atentos a la piña porque Sucker, la canción que abre el álbum, les va a bajar unos cuantos dientes (marche un excelente felicitado para el batero Mikkey Dee).
Si la mandíbula les quedó un tanto descoyuntada, no se preocupen. El costado partuzero de Motörhead también está ampliamente representado en Kiss Of Death, y les va a hacer olvidar un poco el dolor a fuerza de rock duro de alta concentración etílica. Primero, Lemmy vendrá a contarles sus historias de una noche en One Night Stand (mientras Phil Campbell suena como una cruza entre Angus Young y Zakk Wylde); y luego, una dulce “amiguita” del viejo Kilmister les curará todos los huesos rotos en Christine.
Y para que vean que no todo es fiesta-fiesta en la vida del viejo, justo en la mitad del álbum aparece God Was Never On Your Side, una tremenda balada épica con intro acústica, en la que Lemmy parece repentinamente transformado en Johnny Cash. La canción sonaría bárbara como fondo de una escena de batalla en una peli de guerra, mientras los soldados caen, lloran y sufren al ritmo de los riffs bombásticos y la sutil pero grandiosa orquestación. La letra no se queda atrás, ofreciendo una desencantada y más que lúcida visión sobre la inexistencia de Dios (y el viejo de esto sabe, basta recordar Orgasmatron, una de las líricas más inteligentes que ha dado el rock sobre los sistemas religiosos). Y, aunque me niego a creer que Lemmy tenga lo que nosotros, gente común, llamamos un “mal día”, el contraste que ofrece la canción con el resto del disco no hace más que afirmar la sensación de que, como diría Mike Patton, Lemmy y Motörhead son “the real thing”. Y, entre tanto plástico barato que anda dando vueltas por ahí, está bárbaro recordar como suena la autenticidad de vez en cuando.


