Nota 1: ¿Es Scott Weiland el nuevo Clint Eastwood?
Nota 2: Como verán, Slash ni siquiera necesita disfraz. Ya es un personaje de historieta por derecho propio.
Antro metalero de mala muerte

Down, el mejor proyecto paralelo de todos los tiempos, va a editar nuevo álbum este año (el último fue Down II - A Bustle In Your Hedgerow, editado en el 2002). Y aquí tienen un anticipo, un muy buen temita nuevo titulado I Scream. La calidad del video es desastrosa, pero la del sonido alcanza para emocionarse. Honestamente, pensé que Phil Anselmo ya tendría la voz hecha percha a esta altura, pero me pone la piel de gallina corroborar lo contrario: el tipo está en excelente forma y su rugido es aún impecable. ¡Ya, venga el disco!

En mi vagabundeo ocioso por la web, he pisado varios blogs donde el autor/a, luego de cierta prolongada ausencia, escribe una entrada justificando su silencio. Yo, en cambio, ni a palos pienso explicar por qué no he aparecido por acá en tanto tiempo. Por un lado, porque YO no quiero (y eso debería ser razón suficiente) y, por otro…bueno, en fin…porque no quiero. ¿Algún problema? ¿No? Mejor así.
Pero lo que sí voy a contar es que he estado investigando en las amplias posibilidades de una nueva forma de revisión de obras discográficas. Según la escuela vonfeueriana, este estilo ha sido dado en llamarse uberbiased review, y su idea central es relacionar un disco con una experiencia concreta, de alto impacto sentimental, de manera que la crítica en cuestión esté saturada de tinta subjetiva. En este caso (mi experiencia piloto, si se quiere), la obra-conejillo de indias es Welcome To Sky Valley de Kyuss. No relataré la experiencia correlativa, la idea es que el mismo lector la (re)construya, sin que la naturaleza del hecho lo influya de antemano. Sólo diré que no sólo no es un acontecimiento individual, sino que el vuelo en cuestión tuvo el más exquisito copiloto imaginable, my own personal demon cleaner (y vaya que lo sos, más de lo que te imaginás). Ah, me olvidaba…si no lo entienden, me nefrega.
La oscuridad está apenas rota. Sólo asoman perfiles aquí y allá, embebidos en azul hielo. De repente, Josh Homme hace su gracia, Gardenia derrite los parlantes a fuerza de riffs de lava ardiente, el rojo se introduce en la luz cerúlea y todo muta en violeta por mera lógica espectral (¿premonición de la transferencia física del logos mediante ingestión metafísica que ya extiende sus trazos entre nuestras narices?). Mis labios comienzan a quemar en progresión, también mi espalda, bajo dedos flamígeros que la surcan. One blow till I take you down, I’ll take you down…y ahí vamos, abajo, bien abajo. Por donde corre el río de piedras candentes, que ahora siento rozando el cuello, el vientre y los muslos. Entre la tempestad ígnea percibo el estribillo que se vuelve carne: Hear a purrin’ motor, and she’s a burning fuel (mi garganta se despierta) push it over baby (puedo sentir el sonido en carrera vertiginosa desde mi laringe hasta mi boca) making loooooooooooove (dulce redundancia, mientras mis cuerdas vocales se encuentran con las de John García en intensidades similares, aunque con orígenes bastante diferentes).
Uno, dos, tres, cuatro, cinco latidos. Muñeca rusa rítmica: las venas laten al ritmo del aire que entra y sale siseando entre mis dientes al ritmo de armazones óseas que pendulan al ritmo de Supa Scoopa and Mighty Scoop (si, al igual que en gran parte de la música clásica, la pulsión de ese bajo que inaugura la canción parece haberle robado inspiración a ciertos vaivenes biológicos). Por meras cuestiones de latitud (quizás), pero también de inversión térmica (literalmente hablando), me doy cuenta de que, aquí y ahora, los 100º no son Fahrenheit, son Celsius desplegados en toda su gloria. Tanto que el fuego del suelo y del cielo ya ha eliminado todo elemento textil a la vista, solo quedan jirones chamuscados que el feroz viento cálido eleva en torbellino hacia latitudes extrañas.
Pero, inmediatamente después, como la viajera espacial que soy, y como una suerte de asteroide en trayectoria inversa, me sumerjo en la gloriosa calma de la negra infinidad cósmica en una transición sin costuras. Space Cadet marca el giro perpetuo en el que el eje de rotación no es la Tierra, sino todas las estrellas, vivas y muertas, fijas en un par de ojos de los que no puedo soltarme…pupilas de obsidiana magnética que son el núcleo de esta órbita y, por lo tanto, de mi misma existencia. Sigo leyendo esos ojos constelados y veo un veredicto: petite mort, explosión policromada de supernova en la que ansío desesperadamente fragmentarme.
Mientras sigo serpenteando el sinuoso camino hacia ese monumental destello, las pulsiones en mis tímpanos, llenos de electricidad estática, me enfrentan a la cercanía del abrasador encuentro final. Ondulaciones ofídicas entre las manos del Demon Cleaner, anhelante en su empeño de despojarme de mis antiguas escamas. Danza chamánica entre las hogueras estelares, una manada de súcubos se empeña en usarme de canal expresivo, penetrando la cadencia hipnótica del fuzz viscoso que recorre el éter. La urgencia del exorcismo corre con pies ligeros y punzantes, se afana en clavar sus dientes en mi piel (ya) nueva hasta que me extiendo, en la última contorsión, para cobijarme al fin en esa postrera y alucinante detonación, que me cubre en estertores de plena resurrección en muerte. I’m home, dice García en Whitewater, que suena como la traducción de la brisa fresca del atardecer en el valle del cielo. I’m home, repito yo, pequeña entre los brazos del exorcista, diluyéndome en color violeta, mirando también, iris a iris, al mismísimo valle del cielo.
Artista: Stone Sour
Álbum: Come What(ever) May
Calificación: Tres sillas y media
La experiencia indica que, cuando un músico funda un proyecto paralelo, siempre busca ventilar aspectos de su personalidad que no puede expresar en su banda principal. Valgan, como ejemplo, dos casos-piloto que que paso a analizar.
Phil Anselmo: vocalista de Pantera y cabeza visible de Down, la mejor banda paralela que ha alumbrado el rock (ahora, su grupo a tiempo completo). Exponente metalero del cabeza cuadrada yanqui, siempre hace gala de su actitud de “si me mirás mal, ligás”. Pero en Down no solo mostró su amor por la densidad retro y por las dulces hojas, sino que también se animó a desnudar su alma en letras confesionales. Diagnóstico: el típico duro de corazón vulnerable (algo que, de paso, ayuda a conseguir chicas).
Josh Homme: pelirrojo y adorable líder de Queens Of The Stone Age. Generalmente, gusta de jugar a la estrella desquiciada. Sin embargo, en Eagles Of Death Metal se limita a sentarse calladito en la banca de baterista para dejarle el protagonismo a Jesse Hughes (al parecer, Josh formó la banda para que Hughes se sintiera mejor luego de un divorcio traumático). Diagnóstico: no solo es un caso evidente del tímido que se hace el payaso para llamar la atención, sino que también es un buen amigo.
El paciente que nos ocupa ahora es Corey Taylor, el hiperactivo cantante de Slipknot, quien nos trae Come What(ever) May, el segundo álbum de su proyecto paralelo, Stone Sour (donde también milita otro integrante de los enmascarados, el guitarrista Jim Root).
Nunca entendí porque el “núcleo duro” del público metalero desprecia a Slipknot. Más allá del exceso que implica tener nueve miembros en una banda (¿hace falta, che?) y de la cuestión de las mascaritas, la banda siempre me pareció desbordadamente brutal y extremadamente anticonvencional al momento de componer. Pero al mismo tiempo entiendo su éxito comercial, ya que Slipknot siempre tuvo cierta inclinación a esconder una dosis de accesibilidad melódica debajo del estruendoso batifondo de tambores de metal. Y, después de escuchar Come What(ever) May, puedo asegurar que los responsables son Corey Taylor y Jim Root.
El álbum comienza de excelente manera, con 30/30-150, que atropella como un tren a toda máquina y te deja lo suficientemente inconsciente para que te rindas a un estribillo desvergonzadamente coreable. Cuando la escuché por primera vez, luché con uñas y dientes para evitar ser arrastrada por el maldito coro. Pero mientras gritaba “noooooo…maldicioooon” con todas mis fuerzas, les juro que no pude, no pude, NO PUDE resistirlo. Las dos canciones que le siguen (el tema que le da título al álbum, más Hell & Consequences) no hacen más que atraerte más y más adentro de las arenas movedizas. Sillyworld termina de hundirte, con un interesantísimo intercambio entre acústico y pesado que sonaría perfecto en una escena épico-romántica de cualquier capítulo de Smallville (hasta casi me imaginé a Lana Lang cortándole el rostro por enésima vez al pobre Clark).
Obvio que Come What(ever) May también tiene varias fallas que evitaron que me sintiera totalmente avergonzada, como la mayoría de las letras de Taylor (que, al parecer, aprendió en la escuela Andrés Calamaro de Rimas Forzadas y Ridículas) y las baladitas que aparecen en la segunda mitad, Through Glass y Zzyxz Rd. (que, literalmente, chorrean miel). Mi diagnóstico es que Corey Taylor es un peligroso psicópata, con una oculta sed de fama que, seguramente, canta al frente del espejo del baño haciendo gestos exagerados. En fin, si quieren conservar su fachada dura, ni se acerquen a este disco. Pero si están lo suficientemente despojados de prejuicios, denle para adelante. Después de todo, nunca viene mal otro esqueleto en el placard.